Jorge Javier Vázquez nació en un elegante jardín de una urbanización de lujo. Allí ejerció de enanito de jardín hasta que una señora llamada Ana Rosa lo vio y se lo llevó a su plató. Allí descubrió que Jorge Javier podía comentar revistas y decidió ascenderlo: en vez de en el suelo, lo puso en el sofá.
Un día Jorge Javier se hartó del sofá y decidió abandonar su vocación de enanito de jardín para hacer de figurita en el desfile del orgullo gay. Ese día se po pasaba pipa, pero el resto del año se aburría un poquito... así que se metió a trabajar en una fábrica de tomates.
A la empresa le iba bien, aunque muchos no eran capaces de tragar (y menos digerir) lo que Jorge Javier trabajaba allí... pero un día, de pronto, quebró. En el lugar de la fábrica montaron una óptica a la que tampoco le fue nada bien... pero esa ya es otra historia.
Ya nadie sabía qué hacer con él. Ya nadie lo quería en su jardín. Jorge Javier se marchó a una isla pero tuvo la suerte de que una rubia de barrio (y de bote) lo rescató para copresentar su programa cultural. Jorge Javier no estaba seguro si su nuevo trabajo como domador sería apropiado para él, pero en la cadena nadie dudaba de su habilidad con el látigo.
Ahora Jorge Javier es feliz con su trabajo como enanito domador de fieras y en su tiempo libre trabaja para que Telecinco dedique un "12 meses, 12 causas" a una causa que le afecta profesionalmente: "Un colaborador, un graduado escolar".
